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Alegrarse y no aplaudir: Venezuela y el problema de la guerra

Por qué oponerse a las dictaduras y a Maduro no obliga a celebrar la intervención

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Imaginando 2026…

FELIZ 2026 🎉

Arrancamos el año con ganas, con energía y con un objetivo claro: seguir aprendiendo juntos. El año pasado fue brutal, en el mejor sentido de la palabra: crecimiento, oportunidades increíbles, conversaciones valiosas y, sobre todo, conocer a gente maravillosa por el camino. Este año ha de ser igual de apasionante, si no más. Al menos, debemos seguir aprendiendo, leyendo, pensando y cuestionando.

Gracias por estar ahí. Vamos allá ⬇️

VENEZUELA: ALEGRARSE, DESCONFIAR, PENSAR CON CALMA

Con Venezuela pasa algo que a muchos les cuesta sostener sin romperse por dentro: se puede estar radicalmente en contra de la dictadura de Nicolás Maduro y, al mismo tiempo, criticar la injerencia de Estados Unidos en otros países. Ambas cosas son compatibles.

Es comprensible alegrarse de que Maduro caiga. La dictadura ha sido terrible: la pobreza y millones de venezolanos desplazados por el mundo lo confirman, algunos amigos cercanos incluidos. Pero también es razonable desconfiar de lo que viene tras la intervención estadounidense. Por ahora se percibe un cierto continuismo, con la conocida Delcy Rodríguez asumiendo un papel importante. Eso no es exactamente una ruptura, al menos de momento.

GUERRA, PODER Y PRECEDENTES PELIGROSOS

Randolph Bourne lo resumió con una frase que no envejece: la guerra es la salud del Estado.

Ahora bien, ¿significa esto aceptar a los tiranos? No. Juan de Mariana, jesuita, católico y toledano del siglo XVI, justificó el derrocamiento del tirano e incluso el tiranicidio. Pero hay un matiz crucial: debería ser el propio pueblo el que lo haga.

Aquí surge una pregunta tan incómoda como necesaria:
¿Deberían haber sido los propios venezolanos quienes, poniendo dinero de su parte, hubiesen contratado a mercenarios para acabar con Maduro y su círculo? ¿O tiene que ser siempre otro Estado el que intervenga? ¿No hay aquí un claro “quítate tú para ponerme yo”?

Rara vez dos males hacen un bien. Y estas acciones siembran precedentes. Hoy es Venezuela. Mañana, ¿qué hará China con Taiwán? El llamado “derecho internacional” nunca existió realmente, seamos honestos: las potencias hacen lo que pueden hacer. El hegemon lo es por algo. En línea con Mao Zedong, el poder está en la boca del fusil.

De ahí una conclusión lógica: una población armada es una población difícil de someter. Si los venezolanos no hubiesen sido desarmados en el pasado, probablemente nunca se habría llegado a semejante desastre.

Juan de Mariana

Dentro del pensamiento libertario hay una posición sorprendentemente coherente y muy poco popular respecto a la guerra y la política internacional: no intervención, aislacionismo. Si el Estado es malo, el Estado gastando dinero y vidas de chavales pobres en guerras ajenas a su nación es todavía peor. Incluso desde un realismo político esto tenía sentido. Para los libertarios, la guerra no es un accidente, sino un mecanismo de expansión del poder estatal: sirve para justificar impuestos extraordinarios, inflación, deuda, censura, propaganda y obediencia. Por eso la tradición libertaria desconfía tanto de las cruzadas “humanitarias” como de las guerras “defensivas”: casi siempre terminan reforzando a los gobiernos propios más que liberando a nadie fuera. Además, hay siempre intereses ocultos y las cesiones que hace la población “por estar en guerra” nunca se recuperan. (Por ejemplo: se suben los impuestos por “esfuerzo bélico” y no vuelven después a los niveles de antes).

En ese marco, Murray Rothbard fue especialmente claro, incluso cuando eso lo dejó políticamente aislado, cambiando de alianzas, rompiendo con derechas e izquierdas, y se negó a casarse con determinados partidos precisamente porque para él la cuestión de la guerra era línea roja. Su idea era, en esencia, que ningún Estado tiene legitimidad para “arreglar” otros países a bombazos, ni para gastar el dinero robado a la población en armas y en intervenir en otros países, ignorando cuál será el outcome de eso. De ahí su insistencia en el aislacionismo y la no intervención condición mínima para que las sociedades civiles —dentro y fuera— no sean aplastadas por la lógica permanente del monopolio de la fuerza.

Un deseo honesto

Desde aquí, deseamos lo mejor a todos los venezolanos, dentro y fuera de su tierra. Ojalá el futuro que venga sea más próspero, más libre y menos trágico. Y ojalá sepamos seguir navegando, sin frivolizar y sin reaccionar con las tripas, las incoherencias y complejidades de este mundo.

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Hasta la próxima semana